Cadenas rasgadas del amor

Se viene el fin del mundo.

Sí, de un mundo excluyente de lo diverso y de lo que se sale de las entrañas de la heteronorma. El monopolio del poder patriarcal está declinando, aunque se intente con todas sus fuerzas mantenerlo, pero una vez que se han cuestionado conceptualizaciones que rigen el funcionamiento social, no hay vuelta atrás.

Una de éstas, refiere al amor, del que tanto se habla y tan poco sabemos. Siempre está en crisis el concepto del amor. Está claro que lo que llamamos “amor romántico” ya no es funcional al tipo de sociedad en la que vivimos; pero y entonces, ¿sabemos qué es lo que nos hace bien? ¿Qué tan bueno resulta que decaiga ese discurso, pero que no se instaure otro modo de funcionamiento sexo-afectivo? ¿Dónde queda depositado todo lo que sentimos, deseamos y creemos?

Los discursos culturales nos movilizan constantemente, empatizamos con ellos (o no) de acuerdo a nuestra constitución psíquica, la sociedad que habitamos y nuestros intereses generales.

Y el hecho de que el discurso sobre el amor esté tambaleando, al ser uno de los discursos que más dominio tiene sobre nosotros, genera una especie de “despersonalización” en las relaciones afectivas, porque la manera en la que aprendimos a amar ya no nos está haciendo bien, básicamente. Hay un tire y afloje entre seguir con la estructura tradicional del amor romántico (porque es lo que ya conocemos) y entre nuevas formas de vincularnos (aunque no sepamos bien cuáles, ni cómo). Todo muy confuso, y por eso hablo de despersonalización; hay un desencuentro con lo aprendido, y para dar lugar a lo nuevo se necesita desconocerse de lo viejo, quebrantar con lo que tradicionalmente conformaba nuestra identidad social y sexual.

Culturalmente hemos aceptado el concepto de `amor romántico´ como un sentimiento universal, ahistórico, inmutable y eterno, siendo educados dentro de un contexto que lo ha potenciado. Así es como existen algunos mitos sobre el amor que impulsan el mantenimiento de la estructura social:

La idea de amor eterno: Cuántas veces escuchamos decir “Si hay amor, lo demás no importa”, “lo importante es que se quieren” u otras frases impulsoras de soportar lo que sea con tal de mantener la eternidad en la pareja. Esto nos lleva a experimentar situaciones completamente denigrantes, como abuso de poder, violencia psicológica/física/sexual, indiferencia. 

 

 

La idealización del otro: Suele suceder al comienzo de cualquier relación, sin embargo, cuando esta idealización permanece y se justifica, se alcanzan grados de tolerancia enormes sobre conductas del otro que no son saludables, y que nada tienen que ver con el amor. 

 

 

 

La idea de completud: Nos empuja a una búsqueda constante de la “media naranja” que será la pieza de nuestro rompecabezas, el cual no funcionará si no está. La felicidad propia se asocia directamente a la presencia de la otra persona. 

 

 

La entrega total e incondicional: Se basa en la idea de exclusividad, en tener que hacer pruebas de amor para ganarme el cariño del otro, en tener control sobre la vida de mi pareja.

 

La cultura nos dicta lo que se acepta en los comportamientos masculinos y femeninos en relación a cómo vivir el amor, dejando excluidos a todos aquellos que no formen parte de esta división binaria. Mientras ellos viven el enamoramiento con calma y felicidad, y consideran el amor la consecución de una meta, ellas asocian al amor sentimientos de dolor y frustración, demostrando cierta dependencia al otro y una disminución de su autoestima. Si observamos, ellos suelen enfocarse en sus proyectos personales por encima de su relación de pareja e hijos, porque deben mantener su brillo fálico vigente en cuestiones laborales y de triunfos sociales. En cambio, ellas tienden a poner el foco en su proyecto de pareja viviendo bajo la sombra de él. Esto produce estados emocionales muy ansiógenos y frustrantes, al sentirse atadas a una relación que tiene que funcionar, porque si no lo hace, no le queda nada.

Los cuerpos son atravesados por estas regulaciones que hacen referencia a la norma heterosexual, siendo tan exclusiva que sus fundamentos ya nos quedan chicos. ¿Y los demás? Los que quedan afuera de estos mandatos, ¿deberían adaptarse a uno u otro, como si viviéramos en una sociedad en la que no se puede elegir quién quiero ser?

Lo cierto es que, en la transición hacia las nuevas formas, se hace difícil sobrellevar la crisis discursiva sobre el amor y los vínculos. No sabemos bien qué y cómo hacer, tenemos miedo a relacionarnos con el otro, a dar un paso en falso, a cometer los mismos errores y a la vez a probar nuevas experiencias. Considero que la generación millennials –me incluyo- somos un punto de quiebre entre la estructura tradicional de una generación pasada, y una nueva forma de vincularse que recién está surgiendo, y por tanto, desconocemos. Estamos en una “zona de nadie”: adquirimos patrones culturales de la generación de nuestros padres (aprendimos a amar en el marco de una estructura familiar, por tanto anhelamos lo familiar), y a la vez pretendemos armar otra cosa que no sabemos hacer. En ese desfasaje entramos en un terreno de nadie, desértico, inexplorado. Somos la transición de lo familiar a lo narcisista, y como toda transición, es crítica y confusa, acompañada de un gran repertorio de situaciones que nos angustian. Pero entonces, ¿con qué nos identificamos? ¿Dónde nos visualizamos?

 

La idea de deconstruir el concepto de amor romántico no consiste en destruir el amor, sino poder visualizar qué de aquello que nos plantearon desde muy pequeños trae aparejados malestares, miedos y angustia por estar mayormente ligado a mandatos a cumplir, y no a una libre elección deseante. De este modo, se requiere realizar una negociación del amor, repensando nuevas formas, haciendo espacio al deseo y bienestar, más que al deber social. Y para esto, lo esencial es comenzar a preguntarse:

 

  • ¿Qué otras versiones del amor son posibles construir en nuestra sociedad?
  • ¿Qué interrogantes estamos dispuestos a hacer para que haya cambios esenciales en los vínculos?
  • ¿Estamos preparados para atravesar otras formas de vivir nuestra sexualidad?
  • ¿Nos animamos a incluir otras formas de gozar?
  • ¿Podremos implementar otros paradigmas de la felicidad que no estén atados a la conformación de una familia y al matrimonio?

 

 

Me gusta mucho la película de Woody Allen “Whatever Works” (“Si la cosa funciona”) en donde el amor no funciona como una multiprocesadora, sino que sencillamente, puede funcionar rengueando. Los protagonistas no parten de un enamoramiento el uno por el otro, sino de una extraña tolerancia a sus diferencias, que se convierte en compañía. Aparece un amor degradado, partiendo no de la totalidad de sus virtudes, sino que se enamoran de partes, rasgos de goce, que se vuelven satisfactorios. Aceptar que el amor no tiene por qué ser perfecto, nos habilita a encontrarnos con las soledades, la tolerancia y los deseos de ambos. Quizás en ese encuentro es donde la cosa empieza a funcionar.

Desobedecer a las reglas sociales a veces está bien. Y desobedecer abre espacio a crear nuevas conceptualizaciones y dinámicas. La revolución de la sexualidad está en auge por el mayor de sus sentidos: el deseo en apogeo, generando controversias en todos los ámbitos. Anteriormente, el sexo era algo desenfrenado y ahora se está volviendo obligatorio y aburrido. ¿No se le estará dando más importancia de la que realmente tiene? ¿Y si consideráramos a la sexualidad como algo ligero, como un deseo conocido del cual uno puede abstenerse si quiere? Si vamos al caso, lo que socialmente se denomina fidelidad en la pareja, podría tener menos peso y por tanto, menos riesgo de que nos lastime. Si redefinimos el concepto de fidelidad, siendo uno de los mayores problemas de los que no se encuentra solución, quizás hasta le encontremos un sentido diverso a nuestras experiencias. Se trata de mover las piezas de lugar, alivianarlas de la rigidez con la que se entienden. Fidelidad no tiene por qué ser un mandato asociado a la monogamia, porque podemos referirnos a la sinceridad y el cuidado que se produce en una pareja, más allá de si están con otras personas o no. Fidelidad en el encuentro entre ellos, en la complicidad y la constancia, en el respeto por sus propias reglas, hasta en la manera en la que quieren vivir su sexualidad (la cual puede no compartirse siempre con la pareja). Si al enamorarnos siempre hay riesgo, por qué no hacer de ese riesgo algo más cercano a lo que queremos. Por qué no reabrir un espacio entre los extremos de la monogamia y el libertinaje, donde la fidelidad se trate de desaprender el carácter mononormado con el que la estamos definiendo, y aprender a otorgarle un nuevo sentido más sutil, más sincero y soportable. Aunque la infidelidad siempre tiene su cuota de espanto, también es algo que puede reformularse, y también es algo de lo que nos podemos reír.

 

Sabemos que trabajar en terapia implica entender que todas las historias en el fondo hablan de amor. Siempre será un enigma, pero me fascina la forma en la que nos vamos encontrando y desencontrando con el amor. Quizás no debemos poner el foco en igualar el deseo, como si todos buscáramos y quisiéramos lo mismo. Como si el deseo fuera algo que se puede homogeneizar. Si asumimos que no existe una norma para narrar y vivir el amor, podremos explorar más libremente nuestras propias maneras, según un deseo genuino.

 

Pienso que, al final, somos como niños que exploramos y desconocemos todo lo que vamos recorriendo. Desde una mirada humilde y flexible, considero que es viable hacer desde el amor.

 

LIC.CANDELA LONDERO
MP 12546

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